A la derecha política y económica de este país, el gobierno de la presidenta Bachelet le parecía uno más que merecía las habituales críticas de los politiqueros de siempre; las promesas se ofrecen solamente para conseguir votos en la campaña del candidato de turno. Así lo hizo el señor presidente del Bicentenario: prometió cambios.
La gente creyó en esos cambio que estuvieron ausentes durante los cuatro años de su gobierno: terminaría con la delincuencia, mejoraría el sueldo mínimo, y tantos otros que no se quedan en la memoria colectiva porque al no cumplirlas, se volvieron vanas, sin importancia. Lo contrario, si se convertían en realidades, todos las recordaríamos.
La más baja aprobación histórica obtenida por un presidente de la República, tuvo el honor de adjudicársela el señor presidente del Bicentenario.
Al comprobar la evidencia irrefutable de los números, el señor presidente, junto a su numeroso equipo de asesores, se puso de cabeza a inaugurar todo lo que fuese posible y en el menor plazo, aunque aquello que anunció en cada ocasión fuese precisamente eso: un anuncio, como es el caso del hospital fantasma que se inauguró sin terminar su construcción; pero sirvió para dejar la impresión de un logro más, entre tantos otros, y así cambiar la percepción negativa de su gestión.
Se equivocaron: las promesas de la candidata Bachelet, como presidenta, las está cumpliendo aceleradamente. Esas promesas comprometen el futuro del país entero; una nueva etapa en la que los ciudadanos en masa serán beneficiados en sus aspiraciones más caras: educación y salud entre otras; pero aquellas que se apoyarán en los nuevos cimientos de la sociedad chilena, son las sólidas medidas políticas como es una nueva Constitución que dejará atrás las numerosas triquiñuelas creadas por la dictadura, con la participación activa y directa de la Udi y de Renovación Nacional.
Por ahora, centrémonos en la tan resistida Reforma Tributaria: el aumento del 5% en impuestos para las grandes empresas está destinado a financiar importantes necesidades de miles de chilenos; en educación se termina definitivamente con el abuso de los vampiros que empujaron a miles de familias a aceptar un sistema de créditos inhumano, sumiendo a una gran mayoría en la impotencia ante sus compromisos acordados "legalmente". Como anécdota, se cuenta que los jóvenes profesionales podrían liquidar su deuda con la universidad a los 40 años de edad. Eso, ¡Se acaba!
También el sistema de salud requiere cambios profundos destinados a cuidar la salud y la vida de los enfermos; los ancianos recibirán una atención cálida, humana y efectiva, pues se contará con nuevos equipos que permitirán diagnósticos más precisos en tiempos acotados y, como consecuencia de ello, una atención en plazos más breves; ya no habrá que esperar muchos meses para recibir atención médica.
Sin embargo, la derecha política y económica se opone a la Reforma Tributaria solamente por un interés mezquino; no están dispuestos a entregar los aportes que estarán reglamentados por Ley de la República.
Cuando sus intereses se ven "amenazados", su forma habitual de combatirlas es iniciando la tan conocida CAMPAÑA DEL TERROR. El mecanismo es simple: aterrorizar a la población con el fin de producir en ella el más profundo rechazo posible. El procedimiento requiere de artilugios previamente estudiados y aplicados rigurosamente, planificadamente, como ya se hizo en el pasado
El empeño que ponen en esta campaña es potente, requiere de un gran esfuerzo en bloque.
Aquellas personas que advierten estas maniobras no se dejan embaucar; otras, serán víctimas de la duda implantada en ellos por el rosario de la derecha.
Atención: todas las triquiñuelas que utiliza la derecha política y económica revelan una abismante falta de solidaridad con el país entero, con sus habitantes: jóvenes, hombres y mujeres, ancianos, la familia completa. Amenazan con invertir fuera de Chile, lo que evidencia el nulo interés en nuestro suelo patrio; sólo les importa el dinero.
Como por arte de magia, se hace presente una pregunta: ¿Para qué tanto dinero?
En su libro "Cómo ganar amigos e influir sobre las personas", Dale Carnegie dice que la característica más notoria en el ser humano es la necesidad de ser importante.
¿Cual es el camino a seguir para llegar a ser importante, poderoso? La respuesta es evidente: entre otros, el habitual, es la acumulación de bienes materiales, el dinero; si lo anterior es verídico, ¿significa que quien acumula dinero NO es importante? ¿El ser humano busca ser el más destacado de su calle, de su pueblo, de su ciudad, del país y del mundo?
¡Qué meta tan pobre! Si para lograrlo debe ignorar a sus semejantes, utilizarlos como brazos ejecutores para extraer dinero, despreciar los valores societales, el medioambiente con todos sus seres vivos, ése no es sino un ser egoísta a quien le importa solamente su persona, el resto, no importa.
La campaña del terror que impone a los demás, utilizándolos para defender sus personales y grupales egoístas intereses, lo convierte en un ser inferior.
Orsus.
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